
Francisco, el Papa del trabajo y la inclusión
Por Santiago Rojas*
Desde que asumió como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica Francisco defendió a los más humildes y excluidos del sistema, puso en el centro la visión de las periferias, bregó por el respeto y el cuidado de la casa común y criticó frontalmente el sistema económico actual colocando al Trabajo como eje ordenador y dignificador de la vida humana. Desde el Vaticano acompañó a los movimientos sociales en su lucha por las 3T -Tierra, Techo y Trabajo- proponiéndolos como derechos sagrados a los que toda persona debe acceder y planteó la necesidad de construir puentes en un mundo donde los muros se volvieron una constante.
En este breve artículo hacemos un repaso de su visión sobre el sistema económico actual, la recuperación de la noción de pueblo como categoría política, el rol del trabajo y los movimientos sociales, la demanda por cambios profundos y estructurales y la política como herramienta transformadora de la realidad.
Las Causas Profundas de la Situación Actual
Frente a la actual situación económica del planeta, Su Santidad el Papa Francisco siempre fue claro al criticar los orígenes profundos de la misma. “El tiempo que vivimos ha impuesto el paradigma de la utilidad económica como principio de las relaciones personales”. Así se pretende obtener la mayor cantidad de ganancia, en el menor tiempo posible, a cualquier costo y tanto las personas como la naturaleza pasan a estar subordinadas al afán de lucro y la desigualdad se naturaliza. El bien común se subordina al servicio del lucro generando contaminación, pobreza, exclusión y consolidando la “cultura del descarte”.
Este paradigma se fundamenta en visiones tecnicistas que terminan por dominar tanto a la economía como a la política. Se consolida de esta manera un paradigma homogéneo y unidimensional que plantea recetas similares para todos los pueblos sin atenerse a considerar los contextos particulares y sus causas profundas. De allí los mitos del crecimiento indefinido e ilimitado, del fin de la historia, de la teoría del derrame, de la globalización como proceso homogeneizante y de la técnica como respuesta a todos los problemas. Tanto en Laudato Si como en Fratelli Tutti, Francisco se explayó mucho al respecto en sus críticas a las recetas -siempre repetidas- que no han dado resultado en ningún lado porque no abordan las causas profundas del problema y solo se quedan con cuestiones superficiales.
También se nos advierte que este paradigma economicista va acompañado de una visión antropológica distorsionada donde la razón moderna terminó colocando a la razón técnica por sobre la realidad. “Así se debilitó el valor que tiene el mundo en sí mismo” y el “ser humano se coloca a sí mismo en el centro” dando prioridad absoluta al bienestar económico, “a las conveniencias circunstanciales” y todo “lo demás se vuelve relativo”. El individualismo se vuelve una regla, erosiona las nociones de comunidad y pueblo debilitando la vida común y generando sensaciones de aislamiento que se termina transformando en actitudes de odio y desconfianza hacia lo extraño.
Por ello Francisco planteó claramente que la situación actual necesitaba un cambio, no solo en América Latina y los países en vías de desarrollo, sino un cambio de toda la humanidad. Estos problemas no pueden ser resueltos por los Estados de manera individual, sino que requieren soluciones globales. Como bien dijo Francisco en 2015 en Bolivia: “Queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructura. ¡Este sistema no se aguanta más! No lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos! Y tampoco lo aguanta la Tierra, la madre tierra”. Por ello “queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana: también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir a esta globalización de la exclusión y de la indiferencia”.

La Economía al Servicio de los Pueblos
Francisco en todo su papado nos interpeló a poner la economía al servicio de los pueblos, a que seamos los dueños de nuestro propio destino y que cuidemos a la madre tierra, a “decirle no a la economía de exclusión e inequidad. Esa economía mata. Esa economía destruye. Esa economía destruye la madre tierra”.
Además, a la par de esto, rescató la noción de Pueblo, no como una categoría mítica o lógica, sino como una praxis popular. “Ser parte de un pueblo es formar parte de una identidad común, hay lazos sociales y culturales. Y esto no es algo automático, sino todo lo contrario: es un proceso lento, difícil… hacia un proyecto común”. El pueblo se trata de una categoría abierta, “vivo, dinámico y con futuro en el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis incorporando al diferente” que no se reafirma negándose a sí mismo, por el contrario, está siempre dispuesto a ser ampliada y enriquecida por otros. Esto es algo que tanto liberales como populistas no logran entender, dice su Santidad en Fratelli Tutti.
Poner la economía al servicio de los pueblos significa la distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo como elemento dignificador del ser humano. Es alejarse del afán de lucro y del individualismo para acercarse a nociones de comunidad más amplia que incluya a las personas y su dignidad inherente como prioridad en su vínculo armonioso con la madre tierra. “La mejor inversión que se puede realizar es invertir en la gente, en las personas, en las familias. La mejor inversión es crear oportunidades”.
El trabajo tiene que convertirse en una instancia de humanización, de creación de futuro, de dignificación. Es allí donde las personas se desarrollan y aportan a la comunidad donde vive y al mundo que lo rodea. “Los planes asistenciales que atienden a ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuesta pasajera, coyunturales. Nunca podrá sustituir la verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario”. Asi se hace necesario conjugar la necesidad de flexibilidad del mercado con la necesidad de “estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales” favoreciendo instancias de acuerdos sociales que no apunten a la explotación de las personas sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir” una familia, de educar a los hijos, de proyectar a futuro.
La unidad de los pueblos en el camino a la paz y la justicia es fundamental para hacer que sean los pueblos los artífices de su propio destino. Los pueblos del mundo “quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes, ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil”. “Ningún poder fáctico o constituido tiene el derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía”.
El desarrollo integral de las personas y de los pueblos no puede ser impuesto. Por eso se reclama en la actualidad que los gobernantes tengan “voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas” para solucionar todos los problemas. Estos deben “hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y formar y mantener una familia, que es la célula primaria de cualquier desarrollo social”.
Ese mínimo absoluto, como declaró Francisco en la ONU “tiene en lo material tres nombres: tierra, techo y trabajo; y un nombre en lo espiritual: libertad de espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y todos los otros derechos básicos”. No obstante, Francisco plantea que las respuestas no están en los dirigentes, sino que están en los pueblos. Que hace falta una política no para y hacia los pobres sino “de los pobres” y “con los pobres”. Que sean los pueblos organizados, dueños de su destino, quienes definan sus propios modelos políticos y económicos respetando sus propios tiempos, su historia, su cultura, sus prioridades y formas de vida autóctonas.
El futuro no está en las manos de las grandes potencias y en las elites. Está en los pueblos y allí los movimientos sociales tienen mucho para ofrecer. Frente a la actual situación de exclusión y desigualdad, los movimientos sociales no se han quedado de brazos cruzados esperando que esos cambios se den de la noche a la mañana, sino que por el contrario han buscado ser los protagonistas de este “proceso de cambio”. Así, en Bolivia, Su Santidad los denominó como “poetas sociales”, pues ellos, exigiendo y reclamando, pero también haciendo, se convirtieron en “creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial”. Recalcó que han sido estos movimientos sociales los que “lograron crear trabajo donde solo había sobras de la economía idolátrica”. Es por ello que Francisco los interpreta a luchar por las “famosas 3 T: Tierra, Techo y Trabajo” que son derechos sagrados por los que “vale la pena luchar”.
Así, “los gobiernos que asuman como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria. Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector”.
“Cuando el Estado y las organizaciones sociales asumen juntos la misión de las ‘tres T’, se activan los procesos de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa”. Solo así podremos estar a la altura de los retos que la historia hoy nos ofrece: “mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real -fuerza política expresiva de los pueblos- sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las transforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos”.
Conclusión
A lo largo de este artículo pudimos ver a un Papa Francisco comprometido con su tiempo y con las causas profundas del deterioro actual del sistema económico y social. De esto se desprende que el principal legado que Francisco nos deja es su insistencia a hacer lio, a organizarnos y luchar por un mundo mejor, a luchar por cambios profundos, cambios “civilizacionales” que pongan a la economía al servicio de los pueblos y que sean estos los artífices de su propio destino.
El Papa Francisco, fue el primero en darle voz a los que no tenían voz; fue el primer crítico de un sistema que no se aguanta más; fue el primer Papa de las Periferias, el que puso a esas periferias existenciales y geográficas en el centro de la discusión política; fue el defensor de la madre tierra y el que nos propuso el diálogo y el encuentro como forma política de encontrar soluciones conjuntas.
En estos días se dará inicio al Cónclave que definirá quién será el nuevo sucesor de San Pedro. Habrá que ver qué acuerdos políticos se darán al interior de la Iglesia Católica y qué línea política tomará, si la línea conservadora y tradicionalista o la línea popular y periférica inaugurada por el Primer Papa Argentino. No obstante, de lo que sí podemos estar seguros es que el legado de Francisco perdurará largamente en el corazón y la espiritualidad de los pueblos del mundo que vieron en el Obispo de Roma un hermano, un padre, un amigo que los escuchaba, comprendía y acompañaba.
* Licenciado en Relaciones Internacionales, Director del Observatorio Internacional de Igualar Rosario.
** Este artículo de difusión pretende dar a conocer una pequeña porción del pensamiento del Papa Francisco. No expresa la totalidad de su visión. Si quieres conocer más, aquí abajo están las fuentes del presente trabajo.
Evangelii Gaudium: https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
Fratelli Tutti: https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html
